Es un niño hermoso, casi
angelical, de grandes ojos claros, rubio, dulce a la vista, pero cuando uno lo
conoce bien sabe con exactitud que las apariencias engañan.
Nunca he visto un niño mas
“egoísta” y avaro, su madre ya no sabe qué hacer con él. Lo conocí en el
verano, vecino de arena diría yo…, en el balneario, a lo primero da mucha risa
un niño tan pequeño recorriendo las carpas de cien vecinos, acaparando en la
carpa todo juguete que encuentra, y convirtiéndose en un patovica de 2 años
para que nadie pueda recuperar sus bienes mas preciados, y a esta edad cuando
hablo de bienes hablo de baldes palitas y moldecitos.
Su egoísmo no sabe de
géneros ya que roba con gran rapidez hasta bienes de colores femeninos, su
madre corre atrás de sus pañales explicándole o tratando de explicarle eso es
“rosa”, “no es tuyo” pero el en su avaricia no logra reconocer lo dicho por su
madre.
Su padre con la paciencia
colmada, por los reclamos de los vecinos de arena lo obliga a devolver los
tesoros escondidos. Berrinches interminables, enojos llantos desconsolados es
lo que logra.
De a ratos me gusta dejar mi
lectura y espiar este pequeño hombrecito correr por la playa con objetos
robados a mucha prisa. Pienso “no sería mejor jugar con otros” pienso, y
mirando a futuro no creo que este niño se convierta en un hombre generoso, no
lo parece!!!
Autor del relato, Díaz Juan Ignacio
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