El Juicio de Roberta
- ¿Jura solemnemente decir la verdad,
toda la verdad y nada más que la verdad?
- Si, juro.
Así empezó toda la
historia de un largo juicio. Roberta tenía 38 años, estaba embarazada ya de
seis meses y trabajaba en una pesquera como recepcionista, todo el problema
empezó cuando la empresa no quería pagar los sueldos, por ‘problemas de cobro
en el exterior’, hacían renunciar a los empleados que algunos tenían grandes
familias y fuertes complicaciones a la hora de conseguir trabajo, cada vez se
iba más y más gente hasta que en la oficina quedaron solo tres mujeres, una de
ellas Roberta, que no tenía ingresos y ya su hija venia en camino. Un día vio
entre los papeles que manejaba normalmente unos que decían que los dueños no tenían
problemas, sino que tenían otras empresas en las que cada vez les iba mejor,
así fue como decidió empezar el juicio, a esas personas que habían dejado sin
trabajo a tanta gente siendo injustos, mentirosos y falsos con ellos. Empezó a
buscar testigos que ayudaran, gente que había trabajado en condiciones
horribles y un caso particular, Damián, padre de familia que vivía en frente a
la empresa, que por tener juicio había “cerrado”, fue un testigo clave para la resolución del
caso.
Llamamos a testificar a Damián Corbalán- dijo el abogado
- ¿Jura solemnemente decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad?
Si, juro- dijo Damián.
Y volvemos a donde empezó esta historia que les comencé a contar hace unos instantes. La cara de Ricardo, el dueño de la fábrica, fue totalmente enfermiza durante las declaraciones, que cada vez lo comprometían más.
- Si, la empresa está cerrada… Lo extraño es que constantemente veo entrar, salir empleados de la fábrica, escucho a las maquinas trabajar y el olor a sangre de tiburón se siente inconfundiblemente igual que siempre.
La
cara de Ricardo que cada vez denotaba más odio hacia Roberta, esa cara que
todos ponemos cuando nos hacen enojar, o la cara de un inocente niño cuando le
quitas de sus manos algo que tanto quería justo antes de llorar, pues le estaba
por ganar el juicio y le iba a sacar la plata que tanto quería para seguir
invirtiendo, además de quedar como un mentiroso ante toda las personas allí
presentes que cada vez lo miraban con menos agrado.Llamamos a testificar a Damián Corbalán- dijo el abogado
- ¿Jura solemnemente decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad?
Si, juro- dijo Damián.
Y volvemos a donde empezó esta historia que les comencé a contar hace unos instantes. La cara de Ricardo, el dueño de la fábrica, fue totalmente enfermiza durante las declaraciones, que cada vez lo comprometían más.
- Si, la empresa está cerrada… Lo extraño es que constantemente veo entrar, salir empleados de la fábrica, escucho a las maquinas trabajar y el olor a sangre de tiburón se siente inconfundiblemente igual que siempre.
Por fin termino todo, en esta historia que así contada parece corta, pero que duró más de 6 años. Las comprometedoras declaraciones de Damián, más los textos encontrados por Roberta presentados ante el juez, habían cambiado totalmente la orientación del mismo, haciendo que el abogado defensor de Ricardo no pudiera hacer ya nada, el juez dio su palabra y el fallo fue a favor de Roberta, la empresa tuvo que presentar quiebra y cerrar. Ricardo por su parte se tuvo que ir de la ciudad con una empresa menos que le diera ingresos, aun que seguía teniendo otras que cada vez acrecentaban su ambición, pero ya todos en Bahía Blanca sabían, por el diario, que ese hombre no era más que una persona egoísta y mentirosa. Y por fin Roberta crió a su hija que a la hora del cobro del juicio ya tenía casi 7 años.
Por Paloma de Arregui y Abigail Rekofski

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