Hoy dudo si realmente era tan feliz como creía. Mi adinerada
familia seguramente lo era. Para ellos Lorena era la novia perfecta, ojos
azules como el cielo, el cabello suave como la más fina seda, una sonrisa
perfecta y una piel de tez tan blanca y pura que inspiraba ternura. Pero
seguramente, mi familia consideraba que era más importante que todo, que su
padre sea dueño de una importantísima petrolera nacional que contaba con una
gran posición dentro del mercado mundial.
Todo marchaba excelentemente bien, de hecho, solo esperaba el
tiempo necesario, para ofrecerle ser mi esposa. Pero el que más feliz se
encontraba con ésta situación era mi padre, ya que ansiaba que forme parte de
la familia de esa “elitista” familia. Todo hubiera sido así de no haber realizado
ese viaje juntos, que gracias a Dios, realizamos.
Como decía, emprendimos un pequeño viaje de fin de semana largo a Mar Del Plata,
hermosa ciudad. De repente, una de las ruedas de mi coche se pinchó, para
colmo, increíble e irresponsablemente la rueda de auxilio estaba desinflada.
Tampoco tenían señal nuestros teléfonos, por ende, debimos quedarnos dentro del
auto a la espera de algún buen samaritano que se dignara a ayudarnos. Luego de
dos largas horas, se dio. Una humilde familia detuvo su auto, pequeño y
precario, pero auto al fin. Era un matrimonio en el que ambos rondaban los
cuarenta años, con tres chicos: una nena de unos trece años, un varón en edad
de jugar con autitos de colección, y otro pequeño que seguramente no había
dejado los pañales aún.
Muy amablemente el hombre bajó del coche y nos ofreció
enganchar ambos vehículos para llevarnos hacia la estación de servicio más cercana.
Antes de bajar para aceptar su ayuda, Lorena me codeó y me dijo simple pero
estrictamente “NO”; la miré confundido y nuevamente antes de que pudiera emitir
alguna palabra, me devolvió la mirada acompañada de otro seco “NO”. No me quedó
más remedio que agradecerle al hombre su
ayuda y mentirle diciendo esperábamos una grúa. Desconcertados, los cinco
siguieron su curso, y yo, ya a solas con mi novia, le pregunté por la razón de
su actitud, imaginando que su respuesta sería que algo en ese hombre no le
inspiraba confianza, lo que sería entendible .No fue así. En cambio, me dijo: “Alguien
como yo, no va a permitir que la ayude esa manga de pobres”. Quedé impactado.
Una vez en Mar Del Plata, seguí pensando en lo sucedido, y comencé
a notar otras actitudes, tal vez insignificantes, pero que me demostraban que
aquella frase de Lorena no habían sido simples palabras desafortunadas.
Había pasado el fin de semana largo, nos esperaba nuevamente
un largo viaje, y quién sabe por obra de qué, en la misma ruta, exactamente en
el mismo kilometro que nos habíamos varado en la ida, un auto volcó. Lógicamente
salí desesperado a brindar mi ayuda, y
como si fuera poco el cielo se oscurecía y la ruta se encontraba, tal como días
antes, desierta. Sumado a todo esto, Lorena, la única persona además de mí que
podía dar una mano permanecía en el auto con una clara expresión de mal humor
en su rostro. Le pedí que me acompañara a ayudar. Ni se inmutó.
Cuando me acerqué al auto, noté que era la misma familia que
se había preocupado por nosotros días antes. Ahora, además de sentir la obligación
de ayudar porque era lo correcto, la sentía porque sabía que eran buenas
personas, y también por devolver un favor. Ya no le pedía a Lorena que ayudara
sino que se lo exigía, pero como respuesta soltó una frase aún más cruel: “Dejalos
ahí y vayamos, estoy muy estresada y
necesito descansar. Que los ayude los de su tipo”.
Esas últimas palabras quedaron rebotando y rebotando en mi
cabeza. Surgió entonces una revelación en mí, y decidí hacerle caso, pero no se
alarmen, porque yo me sentía ahora de su “tipo”. Si realmente exististe una
suerte de “bandos”, no creo que los separe una condición económica, sino, una
condición humana. Una condición de quien tiene más bondad acumulada en el alma.
Le dije a Lorena que si estaba tan apurada, que se vaya. De todas maneras no
legaría lejos, ya que el auto tenía poco combustible, cosa que ella no sabía, y
como yo prometí costear todo el viaje, irónicamente ella, sí, justo ella no
llevaba dinero encima. ¡Ja! Me gustaría poder haber visto su expresión en
cuanto lo descubriera.
Me quedé con la familia, ya a salvo, esperando a alguien más
de “nuestro tipo” que nos sacara de la ruta. Por supuesto la idea de una posible
boda ya no existía, yo no quería pasar el resto de mi vida con alguien así, y
ella no iba a perdonar que la haya hecho volver sola y sin combustible.
Ojalá ustedes, lectores sean del tipo de persona con bondad
en el alma.
Por mi parte, más allá de todo lo pasado, estoy agradecido
hacia esa ruta, a ése lugar, porque fue la ruta que cambió la ruta de mi vida.