jueves, 9 de abril de 2015

 La Historia de Anita
A Anita siempre le había gustado oír cuando pasaban lista en la escuela. Si ella fuera a la escuela, dirían: “Ramírez, Ana”; y ella respondería feliz: “Presente”. A Ana la habían sacado de la escuela hacía algún tiempo. Su madre había muerto cuando ella apenas cumplía un año. Su padre había perdido el trabajo yahora, ella tenía que ayudarlo vendiendo alfajores en una esquina. Al mediodía, Anita se iba a la escuela del barrio porque a la salida muchos chicos le compraban alfajores. Siempre llegaba antes del timbre, se sentaba en la vereda y se ponía a escuchar la clase de quinto grado. Muchos chicos de ese curso la conocían y algunos la saludaban por la ventana. A la salida, le compraban esos ricos alfajores que ella vendía; otros se acercaban sólo  para hablar con ella, se había hecho algunos amigos, y le contaban de su vida. Un día, los niños le preguntaron a qué escuela iba, lo cual Ana contesto muy apenada que a ninguna, que ella sólo vendía alfajores. El profesor Néstor les dio al grupo de quinto una tarea sobre los derechos de los niños. Ese mismo día, varios alumnos le dijeron a Anita que uno de sus derechos era asistir a la escuela, lo cual sorprendió mucho a la niña, ya que era lo que más anhelaba. Al día siguiente, Ana decidió no ir a trabajar e ir a la escuela para escuchar más sobre el tema de estos derechos que le habían comentado. Se exalto mucho cuando, al acercarse a la ventana,escucho que la mayoría de los chicos del curso estaban hablando sobre ella. Al profesor le intereso mucho la historia de Anita, por lo que decidió ir a hablar con su padre, para informarle sobre los derechos de su hija, que ella debía asistir al colegio. Esto no le gustó nada al hombre, lo enojo mucho y hasta incluso quiso golpearlo. Cuando se fue el profesor y se quedó solo con Anita, estaba tan enojado que empezó a pegarle, muy fuerte, hasta hizo que su labio sangre. Al día siguiente, la pequeña fue a vender alfajores a la escuela, como acostumbraba. Néstor salió a buscarla y se dio cuenta de lo lastimada que tenía la cara. La llevó a una salita, donde la doctora, además de curarle el labio, le explicó que ella podía “levantar un acta”, es decir, acusar a su papá de maltrato, así un asistente social hablaba con su padre, para que ese tipo de cosas no vuelvan a suceder, y que pueda asistir a clase como todos los chicos de su edad. Anita sentía temor de hacer eso, su papá se enojaría más que nunca, hasta que le hicieron entender que eso seria mejor para los dos. Después de mucho pensar, se armó de valor y, acompañada por la doctora y el profesor, decidieron hacerle el acta. A los pocos días, llegó una carta para citar al papá de Ana en el juzgado. A la nena le temblaban las piernas de miedo. Ese día Anita fue, como de costumbre, a vender los alfajores  a la escuela. Estaba tan asustada que sus amigos se dieron cuenta. Ellos decidieron acompañarla hasta su casa, para que no estuviese sola. Cuando su padre llegó, estaba furioso, y se puso más enojado al ver que su hija no estaba sola. Empezó a dar de puñetazos al aire, sus amigos se asustaron incluso más que ella, entonces se llevaron a Ana lejos de su casa. Esa noche y la siguiente, la niña se quedó en lo de Juanita.  Al día siguiente, el papá de Anita la fue a buscar a la escuela. El profesor salió a hablar con él y le dijo que los chicos le habían contado lo ocurrido, y que en el juzgado pensaban tomar la decisión de quitarle la tenencia, lo cual fue un hecho.
 Anita estaba muy apenada por la situación pero entendió que era lo correcto, para ella y para su padre. La niña fue adoptada por una familia muy amorosa, que la llevó a la escuela, y cuando terminó el secundario la mandaron a estudiar. Traumada por su infancia, decidió estudiar abogacía, con especialidad en derecho familiar. Pasaron muchos años, Ana era muy exitosa y estaba muy comprometida con  los niños que defendía, les tomaba mucho cariño. Un día, ella caminada por una plaza, yendo al juzgado, cuando de repente vio a un hombre pidiendo algunas monedas. Por alguna razón que ella no entendió en el momento,  ese humilde señor le produjo un nudo en el estomago, decidió observarlo por que realmente le llamaba mucho la atención, aunque cada día veía a alguien pidiendo monedas. Algunos minutos después descubrió por que esa sensación, descubrió que ese hombre no era cualquiera, sino que era su padre. En el momento no supo que hacer, solamente salió corriendo, con lagrimas en los ojos. Estuvo pensando muchos días, hasta que tomo el valor suficiente para ir a enfrentarlo y comentarle quien era ella, después de todo, seguía siendo su padre. Lo primero que le salió al verlo, fue abrazarlo. Lo había extrañado en esos años que pasaron. La respuesta fue muy satisfactoria, por que el abrazo del hombre, fue aun con más fuerza…

Cabrelli, Agustina

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